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Inicio Homilias del Sr. Obispo Homilias DOMINGO DE RAMOS 2013

DOMINGO DE RAMOS 2013

Queridos Amigos y Hermanos:

Otra Semana Santa en nuestras Vidas, otra oportunidad para reflexionar y vivir el Misterio más grande de nuestra Fe... ánimo, que la huella que puede dejar en nuestras vidas sea lo suficientemente fructífera.

D. Ramón Castro Castro

 

DOMINGO DE RAMOS.

“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.


INTRODUCCIÓN: Comienza la Semana Santa. Para algunos será una semana de vacación y ocio. Para otros, una semana de fe y oración. Durante esta semana se conmemoran los misterios centrales de nuestra Redención: la Pasión y Muerte del Señor, para después celebrar la Resurrección.                      Es tiempo para meditar la Pasión de Cristo; para acompañar a Jesús por la vía Dolorosa; para fijar nuestra mirada en la Cruz, pues allí está nuestra salvación; para desagraviar por los pecados; para meterse en las llagas de Cristo Crucificado y purificarse. Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo (Santo Tomás Moro).

1.- ENTRADA TRIUNFANTE.  Hoy, con la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, se dio a una procesión anunciada: «Ordenad una procesión con ramos» (Sal 118).                          Pero más que una marcha triunfal, la procesión y entronización mesiánica parecen una florecilla franciscana, llena de encanto. No hay soldados, sino niños; no hay espadas, sino ramos; no hay vencidos, sino mantos tendidos: no hay caballos de guerra, sino un burrito manso. También estaba anunciado, cumpliéndose en todo las Escrituras: «Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, humilde y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. El suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén, será suprimido el arco de combate y él proclamará la paz a las naciones». No es casualidad o pobreza de medios. Es que el Mesías tiene su estilo: lo sencillo, lo espontáneo, lo pacífico. Es un momento lleno de gozo. Una verdadera florecilla franciscana.

Esta procesión victoriosa de los ramos es como un anticipo pascual. El domingo que viene será la victoria definitiva, la verdadera entronización mesiánica. Pero ya podemos ir aprendiendo y pregustando algunos aspectos del triunfo de Jesucristo: -Es el triunfo de la paz sobre las violencias humanas. Dios es un no-violento, es respetuoso, es amigo de la vida, es Vida, enemigo de toda muerte y de quienes la provocan. Dios es ecologista. -Es el triunfo de la sencillez sobre las grandezas humanas. Dios es humilde, Dios enaltece a los humildes y está siempre con los débiles.  - Es el triunfo de la alegría sobre las tristezas humanas. Dios es fuente de la verdadera alegría; no se necesitan otras diversiones y entretenimientos. Dios no ama la tristeza y el pesimismo.  - Es el triunfo del amor sobre los odios humanos. Dios es amor y se manifiesta en Jesús, que no hace más que bendecir y curar y pacificar. Donde está Dios hay manos abiertas y corazón abierto. El odio es el anti-Dios. - Es el triunfo de Dios sobre las miserias humanas. Ese rey que camina sobre un pollino, es el Dios que ama a los hombres. No ha venido a destruir a los hombres, sino a superar sus miserias, a hacerles más hombres. Ese rey del burrito, además de Dios, es el principio de la nueva humanidad.

En este Domingo de Ramos proclamamos a Jesucristo Mesías, rey. El Reino de Dios ya está entre nosotros. Que esté también dentro de nosotros. Que sepamos aclamar y acoger a Cristo Rey. Y que seamos nosotros defensores y anunciadores de su Reino.

2.- PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, SEGÚN SAN LUCAS. La Pasión de Jesús es un tema inagotable. Cada creyente y cada comunidad, inspirados por el Espíritu, pueden hacer una lectura propia. Ya las comunidades primitivas hicieron también su lectura y su interpretación, todas válidas. Son diversos enfoques de la misma realidad: Cristo paciente.              Vamos a fijarnos hoy en las peculiaridades del evangelio de Lucas. La pintura que nos hace de Jesús brilla especialmente por su mansedumbre, su ternura, su humanidad, su bondad, su misericordia. En él todo es perdón y promesa de salvación. Se preocupa más del problema de los demás que del propio; por eso, aun en los peores momentos, no deja de escuchar, de curar y perdonar. Las palabras recogidas en la cruz son todo un retrato del corazón de Cristo.

Veamos brevemente diez pinceladas del Cristo paciente de Lucas:

a).- Lágrimas de Cristo. «Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella» Nos impresionan estas lágrimas de Jesús en el día de su triunfo. Nosotros hubiéramos llorado, pero de alegría; Jesús, olvidado de su gloria, llora de pena por la ciudad amada de Jerusalén.  Jesús era humano. Sentía hasta la emoción. Amaba hasta las lágrimas. Amaba a todos, pero amaba especialmente a cada uno. Era el Hombre universal, pero se sentía enraizado en una familia y en un pueblo.    A Jesús le duele hondamente la suerte de esta ciudad, que aún resplandecía con glorias antiguas. Ve el Templo y los palacios convertidos en un montón de ruinas, los hijos devorados por el hambre o por la espada, y no puede contener las lágrimas. Todo podría ser tan distinto. "¡Si conocieras!", si vieras, si aceptaras al que te visita con la paz en sus manos, podrías llegar a ser la verdadera Jerusalén, la "ciudad de la paz".

b).- Deseos ardientes de Cristo. "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer" No es Jesús un hombre apático. No sobrevuela nuestros sentimientos. No escoge el camino de la aniquilación del deseo. El siente ansias y deseos como el más apasionado. Quiere a sus discípulos entrañablemente. Llega el momento de la despedida y se desborda: en palabras, en gestos, en sentimientos. La despedida hay que celebrarla como una Pascua.

c).- Sangre de Cristo. "Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra".  Lucas, médico según la tradición, recoge aquí este hecho sorprendente y que marca uno de los momentos más terribles de la Pasión. Es más para sentir y meditar, que para explicar.   La angustia mortal de Cristo, en estas horas de agonía, no se quedó sólo en el alma, sino que, dilatando los vasos sanguíneos, se exterioriza en grumos de sangre. Todo quedó empapado: el cuerpo, los vestidos y hasta la misma tierra. Por vez primera podíamos ver a la angustia vestida de sangre.   Pero Lucas modera el dramatismo; por eso, evita la flagelación y la coronación de espinas, y por eso ahora nos presenta junto a Jesús al ángel del consuelo «que le confortaba». Es una buena pincelada. Aun en los momentos peores, no nos faltará, seguro, algún ángel que nos conforte.

d).- Medicina de Cristo. Se ve que Pedro sabía utilizar la espada. En un arranque de valor le dio a un siervo del Pontífice en la cabeza; la providencia y el casco le salvaron, pues la espada resbaladiza sólo le cortó la oreja.

Jesús sabe estar. El, divino médico, necesita hacer dos rápidas intervenciones. Primero, tiene que curar a Pedro, que está enfermo de violencia. «Basta ya», le dice, y nos dice. Basta de violencias que sólo engendran violencias. Y enseguida ha de curar al siervo mocho, antes que se enfríe la sangre, que no le duela mucho. Y con su toque divino Ie curó o le devolvió la oreja. Una verdadera operación de microcirugía.  Dios nos quiere completos. Si El nos ha dado dos orejas, será para algo. Que es mucho lo que tenemos que escuchar.  Y me pregunto: ¿Cuántas veces tendrá Jesús que corregir los desaciertos y los estropicios de sus discípulos? ¿Qué sería de nosotros si él no estuviera al quite? Y también me pregunto: ¿Qué sería de este criado? ¿Seguiría sirviendo al viejo Pontífice o se dedicaría a servir exclusivamente al nuevo Sacerdote? ¿Qué pensaría cada vez que se tocara la oreja?

e).- Mirada de Cristo: «Y el Señor se volvió y miró a Pedro». La mirada que Cristo que regaló a Pedro nos cautiva. ¿Cómo sería esa mirada que transformó al discípulo cobarde por completo? Lucas nos apunta sólo el hecho, sin calificativos. Debió ser una mirada profunda que le llegara hasta el alma; triste, sintiendo el desengaño de su discípulo más querido; inteligente, haciéndole recordar a Pedro que no se había equivocado en sus anuncios; misericordiosa, sobre todo misericordiosa, envolviéndole a Pedro en su perdón; esperanzadora, convenciéndole que todo podía volver a empezar. Lo que le pasó a Judas fue que no tuvo la suerte de encontrarse con esta mirada.

f).- El consuelo de Cristo.  «Jesús, volviéndose a ellas, dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí"». Jesús quiere agradecer las lágrimas de estas mujeres compasivas, «que se daban golpes y lanzaban lamentos por él». Estas mujeres representaban la parte buena del pueblo, pero a las que nadie hacía caso. ¿Quién va a hacer caso a los lamentos de las mujeres? ¿Quién hacía caso entonces a las mujeres? Lucas nos advierte que Jesús las hacía caso. Y aun encontrándose en situación límite se preocupa por ellas. Jesús estaba roto y agotado, pero aún encuentra fuerzas para consolar a estas mujeres. ¿Quién consuela a quién? Las mujeres compadecen a Jesús, y Jesús compadece a las mujeres. Las mujeres se lamentan por Jesús, y Jesús se lamenta por las mujeres y por lo más querido de ellas: sus propios hijos. Se trata de poner en común las penas de unos y de otros.  Estas palabras compasivas de Jesús a las mujeres son una continuación de las que pronunció cuando lloraba sobre Jerusalén.

g).- La oración de Cristo. Jesús, en la cruz, podía estar desesperado. En una situación como la suya, ¿qué otra cosa se puede hacer sino gritar y maldecir? Pero Jesús, en medio de los más fuertes tormentos, rezaba. Y lo característico de Lucas es que en su oración sigue diciendo: «Padre». Los demás recogen el grito dirigido al cielo: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?». En Lucas el grito se hace oración suplicante y confiada: «Padre, perdón»; «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». La unión de Jesús con su Padre, su Abba, es tal, que nada, ni la cruz y la rechifla general, puede apartarle de El. Jesús no solamente rezaba, sino que es oración viva.

h).- El perdón de Cristo. Las palabras de Cristo en la cruz son ya más comentadas. La primera es de perdón y de excusa. Es un gesto supremo de caridad. Jesús nos había hablado muchas veces de la necesidad de perdonar a los enemigos. Ahora nos ofrece la lección definitiva.  Jesús sigue amando a aquellos que le torturan. No son malos, es que no saben lo que hacen. Gracias, Jesús, por esta enseñanza. También podemos decir que Jesús no sólo perdonaba, sino que era puro perdón y todo reconciliación.

j).- La recompensa de Cristo. "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso". Otro gesto misericordioso de Jesús. El ha venido a salvar a los que estaban perdidos, y hasta última hora no deja de cumplir su tarea. Este buen ladrón es la última oveja perdida que cargó sobre sus hombros. Jesús está confesando desde la cruz al buen ladrón, celebrando el sacramento de la penitencia. ¿Tiene esa confesión la forma de un juicio? ¿Le pregunta el número y la cantidad de sus robos? ¿Qué penitencia le impuso? Admirable es la fe de este ladrón, pero más admirable es la generosidad de Cristo: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Ya nos queda poco en este infierno. Enseguida iremos juntos al Paraíso de mi Padre.

k).- La confianza de Cristo. "Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Esta es la última palabra de Jesús: no el grito de la duda, sino el grito de la confianza. En el momento decisivo de la muerte, él renueva su confianza total al Padre. Sabe que la muerte no es una caída en el vacío, sino un dormir en las manos de su Padre. Si alguna vez pasó por noches oscuras, ahora todo se ilumina y se serena. Padre, Tú nunca me has abandonado. He cumplido la obra que me encomendaste. Ahora quiero descansar en tu regazo.

A MODO DE CONCLUSIÓN. ¿Y qué paso con el asno? El asno todavía se sentía envuelto en el resplandor del día más glorioso de su vida. Nunca hasta entonces había experimentado tanta excitación y había sentido tanto orgullo.   A la mañana siguiente salió del establo y se dirigió a la ciudad. Junto al pozo encontró un grupo de personas y pensó: ahora me voy a exhibir delante de estas gentes. Nadie le prestó la menor atención y siguieron llenando sus cántaros.

“Echen sus túnicas y sus capas”, les dijo enfadado. ¿No saben quién soy? Le miraron entre carcajadas, le dieron unos azotes y lo mandaron a paseo. - “Paganos miserables”, dijo para sus adentros. “Iré al mercado donde hay buena gente, seguro que me recordarán”. Pero nadie le hizo caso y siguió caminando. “Los ramos de olivo. ¿Dónde están los ramos de olivo?”, gritó. “Ayer me aclamaban con ramos de olivo”. Herido y decepcionado, el asno volvió al establo, a casa, junto a su madre.

“Tonto”, le dijo su madre con ternura. ¿No te das cuenta de que sin ÉL, tú no eres más que un asno cualquiera? Sin ÉL eres sólo un asno.


¡Ánimo Él está con nosotros!