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Domingo de Resurrección

 

Estimados Hermanos y Amigos:

"Si Cristo no hubiera resucitado, vana fuera nuestra Fe"
Ánimo!, RESUCITÓ EL SEÑOR!...  Él nos ha invitado a ser testigos de su resurrección 
!Ánimo!

Sr. Obispo Ramón Castro Castro.

 

 

 

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

INTRODUCCIÓN. Lo que tengo que decirles lo han oído otras veces, pero me gustaría que no pareciera lo de siempre. Es necesario que les suene a nuevo, que les de la impresión de que no lo han oído nunca.

 “Este es el día” que hizo el Señor. Un día que empezó aquella madrugada del sábado al lunes de hace dos mil años y que perdurará para siempre. De lo que ocurrió ese día arranca «todo» para el cristiano.      Es verdad que, como dijo Pedro, «la cosa empezó en Galilea», concretamente en Nazaret, cuando el ángel le anunció a María y le dijo: «Dios te salve, llena de gracia...». Pero, cuando las cosas empezaron a «tener sentido de verdad» fue aquella mañana de resurrección. Es decir, hoy. Démonos cuenta que la muerte de Jesús cortó por lo sano todas las ilusiones de los apóstoles y de sus seguidores. ¿Quiénes eran los apóstoles? Gentes que «lo habían dejado todo y le seguían». ¿Por qué? Porque «una rara virtud salía de El y curaba a todos». Porque «tenía palabras de vida eterna». O porque, como los de Emaús, «esperaban que fuera el futuro libertador de Israel». Lo cierto es que «a aquel profeta poderoso en obras y palabras, los sumos sacerdotes y los jefes lo condenaron a muerte y lo crucificaron». Y entonces, a todos sus seguidores, se les hundió el mundo. Y sobre sus vidas y sobre su corazón, cayó una losa, tan grande y fría como la que cayó sobre el sepulcro de Jesús. «Causa finita». Fin.   Pero no. Más bien: Principio, Aurora definitiva. Día «octavo» de la Creación. «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido». Leamos despacio el evangelio de hoy, y el de ayer-noche, y el de todo este tiempo. Y veremos cómo van «resucitando» todos: la Magdalena, los de Emaús, y los apóstoles desconcertados. Escuchemos su grito estremecido que se les sube por los recovecos del alma: «Era verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón».  Es decir, tras el aparente fracaso de Cristo crucificado, que da al traste con todas sus ilusiones, la resurrección trajo un cambio radical en su mente y en su vida. Dio «sentido» a todo lo que los discípulos antes no habían entendido: al valor de la humillación, del dolor, de la pobreza; comprendieron aquella obsesión de Jesús por el Padre, la fuerza del «mandamiento nuevo», distinto, imprescindible. Todo lo entendieron. ¿Y tú hermano has entendido todo?

1.- MARÍA MAGADALENA, UN TESTIMONIO DE EXCEPCIÓN.   Una de las piezas maestras del canto gregoriano es, sin duda, la secuencia de la fiesta de hoy: “Victimae paschali laudes”: «Alabanzas a la víctima pascual». Con anterioridad al concilio de Trento existían numerosas secuencias litúrgicas medievales, un canto que precedía a la proclamación del evangelio. Desde ese Concilio, quedan sólo unas pocas en la liturgia que tienen una gran calidad musical: recordemos, por ejemplo, el famoso Veni Creator del día de Pentecostés, el Stabat Mater del Viernes de Dolores, o el Dies irae de la misa de difuntos.                                                                               El texto latino de la secuencia de hoy, que es del siglo Xl, no tiene especial valor, pero incluye un diálogo lleno de lirismo e ingenuidad con María Magdalena. La traducción oficial española lo versifica con dignidad: "¿Qué has visto de camino, María en la mañana?". Y María responde: «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua».

María Magdalena, la que los cuatro evangelios presentan al pie de la cruz, es la gran protagonista de las primeras apariciones del Resucitado. Su nombre está recogido por los tres sinópticos. En el evangelio de Juan, María Magdalena acude sola al sepulcro, lo encuentra vacío y vuelve corriendo a comunicarlo a los discípulos, como hemos escuchado en el relato de hoy. Inmediatamente después continúa con la aparición de Jesús a Magdalena en la que ésta le confunde con el hortelano.

¿Quién fue María Magdalena? Los datos que tenemos claros son los siguientes: aparece dentro del grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes. De María Magdalena dirá Lucas que Jesús había expulsado siete demonios. Y, como indicábamos antes, Magdalena tiene un puesto muy importante, tanto al pie de la cruz, como en las primeras apariciones del Resucitado. Estos son los datos claros sobre María Magdalena procedentes de los evangelios.    Es probable también que hubiese nacido en la población galilea de Magdala. Hay que añadir además que la tradición cristiana ha hecho coincidir a María Magdalena con aquella mujer, pecadora pública, que irrumpe durante la comida de Jesús con el fariseo Simón y a la que se le perdonan sus muchos pecados porque amaba mucho.

En este día de pascua en que, como dice la vieja secuencia, los cristianos presentan «ofrendas de alabanza», nos dirigimos a esta mujer que fue primer testigo del centro de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo. Y, podemos preguntarle también con esa vieja e ingenua secuencia de pascua: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?». Ojalá nuestra fe nos pueda decir, en esta mañana de la pascua siempre florida lo que sintió aquella mujer que quizá había sido pecadora, de cuyo corazón Jesús había expulsado muchos demonios y que, fue fiel a su Señor en la cruz y en la resurrección.   «Dinos, María», en esta mañana de pascua, que nadie hablaba tan de verdad al corazón como aquel a quien tú escuchabas sentada a sus pies. Dinos que tenemos que trabajar, que entregarnos a la lucha de la vida, a las personas a las que queremos... Pero que nunca nos olvidemos de lo que es últimamente lo único necesario: estar a la escucha de nuestro yo, en donde pueda resonar la palabra del Señor resucitado.   «Dinos, María», que Jesús resucitado puede expulsar de nosotros todos esos demonios que están como agarrados a nuestro corazón; que él puede cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne y hacer que nos nazca una carne nueva sobre nuestra carne vieja y podrida.  «Dinos, María», lo que sentiste cuando Jesús te miraba a los ojos y al corazón en aquella fría comida del fariseo. Dinos que podemos encontrar en Jesús a alguien que nos mira siempre con limpieza; que espera de nosotros lo mejor; que sabe descubrir en los escondrijos de nuestro ser y de nuestra vida ese poso de bondad que todos llevamos dentro. Dinos que es más importante amar mucho que errar mucho, que al que mucho se le perdona, mucho ama. Dínoslo hoy, María, al corazón...  "Dinos, María", que valió la pena estar junto a la cruz del Señor, intentándole dar aunque sólo sea tu compañía y tu amor, y que el seguidor del maestro tiene que estar junto a las cruces del hombre de nuestro tiempo.            Y «dinos, sobre todo, María», en esta mañana de pascua, que podemos sentir que Cristo resucitado nos llama por nuestro propio nombre y nos dice siempre al corazón una palabra de aliento y esperanza. Dinos que hay siempre una Galilea, una patria de bondad, en la que Cristo nos aguarda. Dinos que Cristo debe ser nuestro amor y nuestra esperanza. Dinos que ese Cristo resucitó de veras que sigue hoy vivo ante mi propia vida. «Dinos, María», que ha resucitado Cristo nuestra esperanza y nos llama por nuestro nombre, con el mismo cariño con el que pronunció el tuyo; que el amor es más fuerte que el pecado y la vida más fuerte que la muerte.    «Dinos, María», en esta mañana de pascua, lo que decía la vieja secuencia medieval: "¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Vengan a Galilea, allí el Señor aguarda; allí verán los suyos la gloria de la pascua.

2.- QUITEMOS LA LOSA. 

La vida no está libre de problemas, pesadumbres y situaciones que amenazan con quitarnos la paz. Estas contradicciones se pueden afrontar de diversas maneras, particularmente tras un primer movimiento de enojo o desolación pongo los medios posibles (humanos y divinos) para solucionarlos, hago algún comentario jocoso y al día siguiente continúo afrontando los problemas de ese día sin dejar que los pasados problemas sean una carga más en el caminar de mi vida. Perder la paz suele ser un problema muy relacionado con la soberbia y el orgullo que guardamos celosamente tras la losa de nuestro sepulcro íntimo y que no queremos abrir pues, como las hermanas de Lázaro, tenemos miedo a que “ya huela”. Tenemos a veces la manía de llenar nuestra vida de sepulcros, bien cerrados y sellados, y acabamos del trono de la realeza de hijos de Dios a habitar en “el pudridero”.

“María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.” Tal vez, a pesar de la luz que anoche rompió las tinieblas, sientas que sigues en la oscuridad, que no encuentras la paz, que tu alma sigue llena de sepulcros cerrados que guardan en su interior no el cuerpo de Cristo sino los cuerpos pútridos de tu soberbia, tu egoísmo, tu ira, tus envidias, … ¡Quita la losa!, anímate, no te dé miedo, descubre el feo rostro de todo lo que lleva a la muerte, y deja que Cristo resucitado airee esos rincones de tu alma. ¡Quita esas losas!, con decisión, con fe y verás que, como los vampiros en las películas, esos monstruos que se esconden en las cavernas de tu alma se desvanecen al contemplar a Cristo resucitado, se vuelven polvo y ceniza, se quedan en nada. ¡Quita esas losas! y cuando las personas malvadas o las circunstancias quieran tocar tu orgullo encontrarán una cueva vacía, cuando te quieran herir en tu amor propio descubrirán un hueco vano, cuando te humillen tu soberbia habrá abandonado tu alma y sólo habrá sitio para el amor entrañable de Cristo resucitado que airea todo.

Un consejo, confía en la Iglesia “Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro” que te dirá que efectivamente los sepulcros de tus vanidades están vacíos, que lo que creías imposible, lo que no habías entendido, ha sucedido y tiene pleno sentido, que eres como Juan que “vio y creyó.”

¡Quita la losa!, “quitad la levadura vieja para ser una masa nueva”, “panes ázimos de la sinceridad y la verdad”, y encontrarás la paz, el mensaje tan repetido de Cristo resucitado, que nadie te podrá arrebatar pues tu vida ya no es tuya, ya no te perteneces, eres de Cristo. La Virgen sabe que, si te dejas, su hijo Jesucristo arrancará las losas de los sepulcros de tu alma y convertirá un cementerio en el paraíso donde el Espíritu Santo hará de ti testigo de la resurrección.

 

A MODO DE CONCLUSIÓN. Pocos escritores han logrado hacernos intuir el vacío inmenso de un universo sin Dios, como el poeta alemán Jean Paul en su escalofriante "Discurso de Cristo muerto" escrito en 1795. Jean Paul nos describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay. Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Uds. y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...».   Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, ustedes, felices habitantes de la tierra que todavía creen en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...».

Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria». Cristianos habitados por una fe rutinaria y superficial, ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría. Alegría incontenible. Gozo y agradecimiento. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre». Y si ante Cristo resucitado, sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos.

¡Ánimo!