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Domingo II de Pascua

 

Mis queridos Amigos y Hermanos:


El saludo fiel y cariñoso de cada semana para cada uno de Uds., de nuevo, al final de la  Octava de Pascua les deseo: !FELIZ PASCUA!Que este II Domingo de Pascua afiance nuestra fe en Cristo Resucitado.Les pido por favor que nos ayuden a hacer una oración de desagravio. Por desgracia en la parroquia de Ntra. Sra. de la Candelaria, en un pueblo llamado San Martín, han profanado el Santísimo Sacramento. Dios les perdone porque seguramente "No saben lo que hacen".
Un fuerte abrazo


SR. OBISPO RAMÓN CASTRO CASTRO

 

 

 

II Domingo de Resurrección.

“Si no meto mis dedos en sus llagas y mi mano en su costado, no creeré”.

INTRODUCCION. Dos fiestas se dan cita en el Segundo Domingo de Pascua. Tradicionalmente es llamado este domingo “in Albis”, de blanco. Los primeros cristianos volvían a ponerse el traje blanco de su vestido. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.       Y, a partir del Beato JUAN PABLO II, celebramos este Domingo la fiesta de la Misericordia Divina.

1.- EL APOSTOL QUE DUDA.  Tomás era uno de los Doce. Como ellos fue testigo de cuanto Jesús hizo y dijo. Lo había  seguido a todas partes, hasta Jerusalén. Cenó con Jesús antes de la pasión y,  posiblemente, lo vio morir colgado de la cruz. Tomás quería a Jesús. En una ocasión  resolvió con intrepidez y entusiasmo: vayamos y muramos con Él. Pero la realidad de la  muerte de Jesús acabó con su entusiasmo. Y, aunque estaba escrito, y por más que lo  había advertido Jesús con antelación, ni Tomás, ni los demás, habían entendido nada.  Tomás no esperaba que Jesús resucitase. ¿Resucitar? Así que cuando aquel domingo por  la tarde, se incorporó al grupo y éstos le contaron entusiasmados la gran noticia de que  habían visto a Jesús, resucitado, Tomás creyó que alucinaban. ¿Quieren Uds. que me crea que  lo han visto.. ? Mientras no meta mis dedos en sus llagas, ¡ni hablar!

Nuestra situación, como creyentes, se parece mucho a la de Tomás. Sus temores y duda  tienen mucho que ver con nuestras dudas y temores. ¿Estamos convencidos de la  resurrección de Jesús? ¿Creemos en la vida eterna? Sé que de memoria lo sabemos,  que lo repetimos mecánicamente al recitar el credo, que los escuchamos, tal vez como quien  oye llover, cien veces de boca de los predicadores, pero aquí viene nuestra duda, nuestros  temores. Se nos hace muy cuesta arriba creer en la resurrección, sobre todo cuando nos  acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Sabemos que  estamos en lista de espera, ¡y sin esperanza! La esperanza en la vida eterna no deja huella  en nuestra vida. No se nos nota demasiado. No hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en  nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele, haciéndose presente e invitándole  a meter la mano en la llaga del costado. Y en presencia de Jesús, los temores  desaparecieron. No fue necesario cumplir sus exigencias. Tampoco hizo falta, pues su  corazón le convenció: Señor mío y Dios mío. Juan, el autor de este hermoso fragmento del  evangelio, lo ha escrito por nosotros, para nosotros, nos ha conservado estas hermosas  palabras de Jesús: dichosos los que crean sin haber visto. Porque lo definitivo, tanto en el  caso de Tomás como en el nuestro, no es ver, sino amar. Sólo el amor puede hacer que  veamos y creamos.     La fe no es un puro saber, sino un saber experiencial. Lo sucedido entre Jesús y Tomás,  la aparición, se parece a lo que ocurre entre amigos. No podemos ver al amigo, como  amigo, mientras no creamos que es amigo, o sea, mientras no lo queramos como amigo. Es  el amor, la amistad, lo que nos hace descubrir al amigo. Por eso la fe no es una respuesta  calculada y calculadora, sino una apuesta. No hay ninguna seguridad para creer o antes de  creer, como no la hay en las apuestas. Lo que sí hay es certeza en la fe. El creyente no  vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su  opción, conforme va creyendo y viviendo la fe en la praxis. Y la praxis de la fe en Jesús  resucitado es emprender su camino y seguirle hasta la muerte. Entonces se comprende que  el que da la vida, la gana resucitando con él.

2.- LES DEJO MI PAZ.

El máximo deseo del resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con Uds.». La vida de los hombres tiene tantos conflictos. La historia de los pueblos y de muchas familias, es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad. La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger entre los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento o los caminos de la violencia.  El ser humano ha escogido casi siempre este segundo camino. A lo largo de los siglos ha podido experimentar una y otra vez el sufrimiento y la destrucción que se encierra en la violencia. Pero, a pesar de ello, no ha sabido renunciar a ella.

El resucitado nos invita a buscar otros caminos. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora. Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas. Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.  Nos hemos acostumbrado demasiado a la violencia, sin reparar en los daños actuales que produce y en el deterioro que introduce para el futuro de nuestra convivencia. Aun los que justifican la violencia, tienen que reconocer que la violencia es un mal. La violencia daña al que la padece y al que la produce. La violencia mata, golpea, aprisiona, secuestra, manipula las mentes y los sentimientos, deforma los criterios morales, siembra la división y el odio.

La violencia nos deshumaniza. Busca imponerse, dominar y vencer, aunque sea atentando contra los derechos de las personas y los pueblos. Los hombres no tenemos la vocación de vivir haciéndonos daños unos a otros. El que vive animado por el resucitado busca la paz. Y busca la paz no solamente como un objetivo final a alcanzar, sino como que busca la paz ahora mismo, utilizando procedimientos pacíficos, caminos de diálogo y negociación.  El seguidor de Jesús no busca sólo resolver a cualquier precio los conflictos. Busca también humanizarlos. Lucha por la justicia, pero lo hace sin introducir nuevas injusticias y nuevas violencias.

3.- FIESTA DE LA MISERICORDIA DE DIOS.  Juan Pablo II estableció la fiesta de La Divina Misericordia en el domingo de la octava de Pascua. Y murió en las vísperas de esta fiesta del año 2005, para la cual preparó el siguiente mensaje: A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don de su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a la esperanza. Es amor que convierte los corazones y da la paz- ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!. En el origen de la intuición del Pontífice estaba una joven religiosa polaca de principios del siglo XX, que murió con tan solo 33 años de edad: Santa Faustina Kowalska. Su vida transcurrió durante los años en los que Europa era azotada por la llamada Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), y falleció a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. Su vocación religiosa parecía estar marcada por el dolor de la humanidad, hasta el punto de que su experiencia mística le llevó a ofrecerse a Dios como “víctima voluntaria” por la salvación del mundo, especialmente por tantas almas sufrientes de su tiempo y de toda la historia. Les recomiendo que conozcan más de su vida y su mensaje.

 

Pero más allá de los hechos históricos que puedan estar relacionados con el origen de la fiesta litúrgica que hoy celebramos, el misterio de la Misericordia se presenta como el mensaje central del cristianismo: Dios es amor y su relación con nosotros está fundada en la misericordia. Cuando conocemos y gustamos interiormente de este misterio, el horizonte de nuestra vida se llena de esperanza. Y por el contrario, cuando ignoramos o rechazamos la misericordia de Dios, inevitablemente, somos presa de la infelicidad. Nosotros creemos firmemente que en la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz y el hombre, la felicidad.

Necesitamos abrirnos a la misericordia, y especialmente a la misericordia divina. O dicho de otra forma, tenemos que aprender a dejarnos amar por Dios, así como por los seres queridos que nos rodean: Solamente así podrán sanar nuestras heridas, esas heridas que la vida ha generado en nuestros corazones… ¡Dejarse querer o dejarse amar, no es algo tan obvio ni tan fácil como podría parecer a simple vista! Cuando se ha padecido la crueldad, con frecuencia ocurre que se sufren traumas, que dificultan la confianza en las personas del propio entorno, e incluso en el mismo ser humano.

¡Qué importante y necesaria puede llegar a ser en este camino de sanación una profunda experiencia de oración! En el Evangelio que hemos proclamado en este Domingo de la Divina Misericordia se ha narrado el episodio del Apóstol Tomás tocando las llagas de Jesús Resucitado, y sanando de esta forma su incredulidad. También nosotros necesitamos tocar a Jesús en la oración; o mejor aún, dejar que Él toque nuestras llagas, nuestras heridas, para que puedan ser sanadas.

Es importante también recordar que para poder acoger la misericordia que necesitamos, es preciso practicarla con los que la necesitan tanto o más que nosotros, e incluso con quienes la necesitan menos que nosotros. La mejor terapia para sanar nuestras heridas, es la práctica generosa de la misericordia con las personas que nos rodean. Ésta es una de las paradojas del mensaje de Cristo: para sanar nuestras heridas, es necesario que nos ofrezcamos como ‘sanadores’ del prójimo. Para poder ser ‘hijos de la misericordia’, tenemos que ser ‘padres de misericordia’. Porque dando se recibe; y olvidándonos de nosotros mismos, es como llegamos a encontrarnos… ¡Ésta es la lógica y la dinámica sanadora del Evangelio!: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

 

A MODO DE CONCLUSIÓN: Érase una vez un sacerdote y un fabricante de jabón que estaban dando un paseo. El fabricante de jabón le dijo: "Padre, ¿para qué sirve la religión? Mire la miseria y las guerras y el sufrimiento que hay en el mundo. Después de tantas oraciones, sermones y enseñanzas todo sigue igual. Si la religión es buena y verdadera, ¿por qué todo sigue igual?" Siguieron caminando y se encontraron con un niño todo sucio. El sacerdote le dijo al fabricante de jabón: "Mire ese niño. Usted dice que el jabón limpia pero ese niño sigue estando sucio. ¿Para qué sirve el jabón?".

El fabricante de jabón le contestó: "Padre, el jabón no puede evitar la suciedad a no ser que sea usado todos los días." Exacto replicó el sacerdote, exacto.

¿Miedo a usar todos los días la religión y a ser atrevidos?

 

¡Ánimo!