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Domingo III Pascua

Estimados Amigos y Hermanos:

Desde Cuatitlán, Edo de México en reunión de nuestra XCL Asamblea general del Episcopado les envío un saludo cariñoso y como siempre les ratifico mi oración y mi recuerdo por todos y cada uno de Uds.Les pido una oración particular por nuestra hermana República de Venezuela que este domingo habrá de elegir su nuevo presidente. Dios permita que se respete el voto y que pueda terminar este período tan complicado que han tenido que enfrentar nuestros hermanos venezolanos.Les pido también que sigamos pidiendo mucho por nuestro Santo Padre Francisco para que la nueva primavera de la Iglesia que está llegando sea renovadora y transformadora para todos.Un fuerte abrazo, ánimo

SR. OBISPO RAMÓN CASTRO CASTRO

DOMINGO III DE PASCUA  ¿Pedro me amas?

INTRODUCCIÓN. En este tercer domingo de Pascua, el Evangelio nos presenta la tercera aparición de Jesús resucitado a los discípulos. Y nos sitúa en el mar de Galilea, concretamente en el lago de Tiberiades. Aquí es donde Jesús, tres años antes, llamó a Pedro para que fuera pescador de hombres. Aquí es donde Jesús invitó a Pedro a salir a pescar y echar las redes mar adentro, después de toda una noche sin haber pescado nada. Aquí es donde sacaron tal cantidad de peces, que Pedro cayó rendido y arrepentido por la desconfianza a los pies de Jesús. Aquí es… donde empezó todo. Y ahora parecería que es aquí donde todo va a terminar. Pedro y los discípulos han vuelto a su vida cotidiana de pescadores, decepcionados por el aparente fracaso de Jesús, muerto en la cruz. Vuelven a salir a pescar y de nuevo “aquella noche no pescaron nada”. Están desesperanzados y sin rumbo, todo les sale mal, otra vez. Pero Jesús no les deja y se vuelven a aparecer ante ellos, aunque de entrada no le reconocen. Hoy Jesús también nos ha preparado el almuerzo, como todos los domingos. Nos sienta a la mesa y nos pide “de lo que hemos pescado”, de nuestro trabajo de la semana, que lo presentemos en esta mesa, para que Él lo multiplique para el bien de toda la humanidad. Nosotros colaboramos en su proyecto de que a nadie le falte de nada, que todos tengan lo necesario para vivir. Jesús nos invita a esta mesa para que en todas las mesas haya pan y esté Él. Ese ha de ser nuestro testimonio de que creemos en el resucitado en estos tiempos. Que nuestra fe en Jesús resucitado nos lleve a descubrirle.

1.- DIFICULTAD PARA RECONOCER AL RESUCITADO. Los relatos de las apariciones del Señor son desconcertantes, en especial para quienes piensan ingenuamente que en el caso de los apóstoles todo fue claro como la luz del día. Pues ellos, decimos, vieron y creyeron; nosotros, en cambio, tenemos que creer sin haberle visto. Sin embargo, la duda de Tomás, que exigió tocar para creer; el atolondramiento de María Magdalena, que confundió al Señor con un hortelano; la desesperanza de los discípulos de Emaús, que sentían cómo les ardía el corazón, pero sólo reconocieron a Jesús al partir el pan, y, según leemos en el evangelio de hoy, el despiste de los apóstoles cuando estaban pescando y oyeron a un hombre que les gritaba desde la playa, sin caer en la cuenta de que era el Señor..., todo eso: la duda, el atolondramiento, la desesperanza y el despiste, pertenece también, y no por casualidad, al relato de las apariciones. Lo cual ya indica que también los discípulos de Jesús tuvieron que aprender a ver al Señor resucitado y no lo vieron sin creer en él. La resurrección del Señor es un misterio accesible únicamente a los creyentes, "a los testigos elegidos de antemano" (Hch 10, 41).

2.- PALABRA Y BANQUETE: SEÑALES DE SU RESURRECCIÓN. Primero la Palabra: "Tiren la red a la derecha de la barca". Y los discípulos escucharon al que así les gritaba desde la playa, y, siguiendo estas indicaciones, obtuvieron una pesca milagrosa. Y entonces reconocieron al Señor. La palabra del Señor viene de fuera y se mete en nuestros asuntos, nos sorprende en nuestra vida cotidiana y la transfigura llenándola de sentido. La palabra del Señor nos convoca para una empresa común, hace comunidad. Pero esta palabra sólo muestra su eficacia a los que la escuchan y la ponen en práctica. Estos son los que reconocen al Señor en su palabra. La otra señal es el gesto, el sacramento: "Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado". Junto al lago de Tiberíades sucede ahora lo mismo que el día de la multiplicación de los panes en el desierto, y lo mismo "el día antes de padecer" cuando Jesús se reunión con sus amigos para celebrar la Pascua.           Los discípulos reconocen a Jesús en la fracción del pan, en la eucaristía: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor". -Jesús es el Señor. Los discípulos reconocen a Jesús y saben muy bien que este mismo Jesús, que padeció y murió bajo el poder de Poncio Pilato, ha resucitado y es ahora el Señor. La identidad de Jesús crucificado con el Señor resucitado constituye desde los orígenes la sustancia de la fe cristiana, la confesión fundamental. Juan lo expresa con estas palabras: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza". Esta es la fe que confiesa la Iglesia delante de Dios y de los hombres, en el culto y en el testimonio, en la celebración de la Eucaristía y en la evangelización.

3.-"¿ME QUIERES?: SÍGUEME" Pedro, el apóstol bueno y generoso, el primer papa, había negado a Jesús tres veces en momentos difíciles (como nosotros le negamos no tres sino muchas veces en momentos difíciles y quizá también en momentos más fáciles, casi por tonterías: por respeto humano, por quedar bien, por debilidad, por comodidad...). Pedro le había negado tres veces, tres veces no había tenido valentía para reconocer en aquel hombre escarnecido, aparentemente fracasado, camino de la cruz, en aquel Hombre a su Señor. Como nosotros, tantas veces.  La respuesta de Jesús es sencilla: le pregunta si le ama, si le quiere. También tres veces, es decir tantas como Pedro le negó, como Pedro se acobardó, como Pedro fue infiel. Y esto mismo es lo que Jesús nos pregunta. Tantas veces como le negamos, tantas veces como le somos infieles, tantas veces como olvidamos que es nuestro Señor, nuestra vida más vida.  Nos pregunta simplemente, cariñosamente: ¿Me amas? ¿Me quieres? Si podemos decirle que sí, que El sabe que sí -a pesar de todo, a pesar de nuestras negaciones- nos vuelve a decir, una y otra vez: Sígueme, sígueme. Una y otra vez: "Sígueme".

Según los evangelios, Jesús, repetidamente, durante sus breves años de predicación por las tierras de Palestina, dijo esta palabra, hizo esta invitación a hombres del pueblo: "Sígueme". Pero lo curioso, lo que hoy quisiera subrayar es que, según el evangelio que acabamos de leer, lo dijo también ya resucitado. ¿Qué podemos deducir de ello? Me parece que algo que no se refiere sólo a aquellos que le conocieron durante su vida en Palestina sino también a nosotros. Es decir, que Jesús resucitado sigue diciendo "Sígueme" dirigiéndose a cada uno de nosotros. ¿Qué significa seguir a Jesucristo?. Me parece que comprender qué implica, qué exige seguir a Jesús, se identifica con comprender qué quiere decir aquello que repetimos tan a menudo en nuestra oración, especialmente en las oraciones de la misa, cuando proclamamos que Jesús es el Señor, nuestro Señor. Uno puede votar a un partido, sentirse más o menos identificado con lo que propugnan sus líderes, pero ni el partido ni su líder pueden ser nuestro "señor". Porque podemos, a veces, discrepar, no estar de acuerdo. Incluso cambiar nuestro voto en otras elecciones. Más aún: uno puede querer mucho a su marido o a su mujer, al padre o a la madre, al mejor amigo..., pero tampoco pueden ser nuestro "señor" porque una cosa es la fidelidad debida a quien se ama y otra cosa es la posibilidad de pensar diversamente incluso en cosas importantes. Amar no es obedecer ciegamente, no es estar de acuerdo en todo y siempre.    Es decir, como aquel que -como hemos leído en la segunda lectura que Pedro dijo-, aquel que es nuestro "Jefe y Salvador". Seguir a Jesús es tenerle como norma, como ley, como camino. De Él sí que no podemos discrepar -aunque a veces nos cueste- a él sí que no podemos abandonarle (no es el partido o el líder político que pueda decepcionarnos; no es la persona querida pero con la que podemos discutir seriamente). Jesucristo es nuestra vida, es el criterio de actuación, es la fuente de salvación. Seguirle es confiar incondicionalmente, repito: !incondicionalmente!, en Él, es saber decir con toda verdad "Amén" a su Palabra, a su voluntad. Aunque, inevitablemente, estemos muy lejos de serle fiel, de vivir como Él espera de nosotros. Este es nuestro pecado, pero nuestra fe nos debe llevar a reconocer nuestro error sin romper con la verdad, con la gran Verdad que es Jesucristo, nuestro Señor.

4.- “A LA DERECHA”. Llama la atención la orden del Maestro a los discípulos cuando se les apareció:

 «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Era el amanecer de una noche en que el grupo de los discípulos había estado tratando en vano de realizar alguna captura en el lago. Al fin llegó Jesús indicando el lugar propicio para la pesca -a la derecha de la barca-, y ésta fue sobreabundante: «Una red, repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres; y a pesar de ser tantos no se rompió la red» (Jn 21,11).

Y uno se pregunta: ¿por qué precisamente hacia la derecha? ¿Qué tiene este lado que no tenga el izquierdo? 

En el mundo de la Biblia, el lado derecho, referido a los miembros del cuerpo, es el lado más noble del hombre. La mano derecha es la mano de la actividad: «Que no se entere la izquierda de lo que hace la derecha» (Mt 6,2). «Si tu ojo derecho te pone en peligro, sácatelo y tíralo; y si tu mano derecha te pone en peligro, córtatela y tírala» (Mt 5,29); con esta frase invita el Maestro a abandonar hasta lo más apreciado y querido cuando esto impide al discípulo vivir según el evangelio. En la oreja derecha se ungía a los sacerdotes al comenzar a ejercer sus funciones (Lv 8,23). Con un gesto profético, Pedro hiere al siervo del sumo sacerdote en la oreja derecha, lugar de la unción, descalificando al sumo sacerdocio judío (Lc 22,50).

 Sentarse a la derecha de un rey equivalía en la antigüedad a ser primer ministro y gozar de su poder. En el protocolo diplomático se sienta a la derecha del embajador el invitado de mayor rango o edad. Jesús, tras la resurrección, está sentado a la derecha de Dios, constituido en poder, según diversos textos del Nuevo Testamento.

 Pero ¿quién estará, a su vez, constituido en poder o podrá sentarse a la derecha de Jesús? El evangelio de Mateo da la respuesta: «Cuando este hombre venga con su esplendor acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono real y reunirá ante él a todas las naciones. El separará unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros ….. A la derecha de Dios se situarán todos los que favorecieron a los marginados de la tierra, esa lista de enfermos, pobres, minusválidos, todos aquellos que en la vida fueron situados en el lugar siniestro de la sociedad.

 Hacia esta gente tiene que echar las redes la Iglesia, con decisión, si quiere obtener una pesca abundante. Este es el lugar favorable para la evangelización. Este es el lado derecho de la barca hacia el que Jesús mandó echar la red a sus discípulos. Si queremos sentarnos un día a la derecha de Dios, ya sabemos el camino.

 

5.- EL AMOR DE LOS AMORES. 

Durante mis siete años de ministerio episcopal en Campeche, he debido enfrentar seis sacrilegios a la Eucaristía, cada uno de ellos profundamente doloroso y triste. Hace apenas dos semanas, el último de ellos, en una capilla de la parroquia de Candelaría. Robaron el Copón junto con las Formas. La llamada del párroco pedía que nos hiciéramos eco de semejante atropello. La semana pasada les decía en la presentación del subsidio que se unieran conmigo para una oración de “desagravio”. Que no significa otra cosa que: expiación, reparación o satisfacción. Para quienes no conozcan el misterio de la Eucaristía, les podrá parecer un tanto exagerado todo este llamado por algo que puede dar la impresión de pertenecer a una “mera devoción”. Sin embargo, para los que somos creyentes, y procuramos, cada día, adentrarnos en semejante derroche de gracia por parte de Dios, en el que el Cuerpo, la Sangre, la Humanidad y la Divinidad, se encuentran enteramente contenidos en la Hostia consagrada, verla vilipendiada y ultrajada de tal manera, produce un dolor verdaderamente estremecedor.

 Quizás, ahora, sean más convenientes las palabras que Pedro y los apóstoles dirigieron al sumo sacerdote, y que aparecen en la primera lectura de hoy: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. A veces, resulta asombroso con qué tipo de respetos humanos actuamos de cara a lo que otros puedan decir u opinar acerca de nuestra fe. Da la impresión de que nuestro obrar y decir depende del juicio de los hombres, olvidando que, en último término, el único que nos da el perdón, la salvación y la vida es Dios. “Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Éste ha de ser nuestro permanente canto en acción de gracias, y nuestra actitud por desagraviar cualquier aptitud contra lo Sagrado. Fijémonos  qué poco puede parecer, por ejemplo, un “Amén”, y, sin embargo, está lleno de una profunda reverencia al “Amor de los amores”. De esta manera se significa la adoración al Santísimo Sacramento en un canto eucarístico muy conocido “Cantemos al Amor de los amores”. Y aunque invisible a los ojos humanos tal poderío y generosidad divinas es patente a cada uno de nosotros: de la misma manera que les ocurrió a los discípulos de Jesús en el lago de Tiberíades no necesitamos preguntar de quién se trata: “porque sabían bien que era el Señor”.

¡Vivamos esta Pascua de 2013 con el entusiasmo con que la vivieron los que fueron testigos de la Resurrección de Cristo! Sería verdaderamente un signo de fe, que detrás de cada acontecimiento del “día a día”, pudiéramos admirarnos, como lo hizo “aquel discípulo que Jesús tanto quería”, y decir, aunque sea gritando en nuestro corazón: “¡Es el Señor!”.

Vamos, una vez más, a pedirle a nuestra Madre María que sepamos, no solamente desagraviar, sino adorar y “encarnar” en nuestra vida lo que participamos y comemos en cada Eucaristía. No tengas vergüenza de amar y entregarte al “Amor de los amores”.

 

A MODO DE CONCLUSIÓN. De las mismas palabras del Papa Francisco: “No tengamos miedo de ser cristianos y de vivir como tales”. Y es que, para anunciar y tener el coraje de lleva a Cristo a este mundo nuestro, primero tenemos que ser y vivir como cristianos. ¿Cómo anunciar lo que desconocemos?

!Ánimo!