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El Buen Pastor

 

Mis queridos Amigos y Hermanos:

Hoy es el Domingo del Buen Pastor, le pido a Dios que estos pensamientos que comparto con Uds. puedan ayudarles en la reflexión y meditación  de su Palabra y de cuanto nos propone para verificar la figura del Buen Pastor y la relación con sus ovejas.Ánimo!

SR. OBISPO RAMÓN CASTRO CASTRO

 

 

Domingo IV de Pascua. “Yo doy la Vida eterna a mis ovejas”

 

INTRODUCCIÓN. Hoy es el “Domingo del Buen Pastor”. En el capítulo 10 de San Juan se desarrolla ampliamente el tema del pastor, una de las imágenes más usadas y más llenas de resonancias bíblicas. Sistematizando podemos distinguir tres imágenes que son etapas de desarrollo en el conjunto de la parábola del buen pastor: 1º La puerta (ciclo A); 2º El pastor (ciclo B); y 3º Las ovejas (ciclo C evangelio de hoy).   La parábola es tan sugerente que la imagen de Cristo como buen pastor se empleó ampliamente en la Iglesia de los primeros siglos, tanto en la iconografía como en los comentarios de los Padre a la Escritura. Todavía hoy ocupa muchos cuadros y estampas, no obstante los serios inconvenientes que una imagen rural puede encontrar en una sociedad urbana. La imagen tiene un trasfondo bíblico y oriental que le viene de muy lejos. Debido a que inicialmente la cultura semita fue de pastores. Un lugar clásico y que subyace en la parábola que nos ocupa es el capítulo 34 del profeta Ezequiel: Dios se compromete a ser él mismo el pastor de su pueblo.

La figura de Jesús, el buen pastor, dice relación primeramente y ante todo a sus fieles, es decir, a la comunidad creyente; pero también, en segundo lugar, a los que en el pueblo de Dios continúan el pastoreo de Cristo sobre su grey. Por eso partiendo de la figura de Jesús, el buen pastor, podemos reflexionar hoy sobre el ministerio pastor la del sacerdote. De ahí que hoy en toda la Iglesia se celebre este domingo del buen pastor y se pida por las vocaciones a la vida consagrada.

 

1.- CARACTERISTICAS DEL “BUEN PASTOR”. Las características de cualquier pastor de la comunidad cristiana, siguiendo el perfil de Jesús, el buen pastor por antonomasia, puede resumirse así: Al sacerdote, pastor del pueblo de Dios, se le pide ser: cristiano de fe profunda y madura, el primer seguidor del único pastor, Cristo, para poder caminar con él delante de sus ovejas, como ejemplo de virtudes evangélicas; dispensador desinteresado de los misterios de Dios en los sacramentos; sin protagonismos ni espíritu de dominio, sino repartiendo tareas y responsabilidades entre los miembros de la comunidad; animador de la asamblea que preside en la caridad, no como una masa acéfala y anónima sino cual comunidad de personas; profeta que anuncia y denuncia; servidor de la misión que la Iglesia recibió de Cristo; signo de unidad entre los hermanos, abierto a todos sin partidismo, cercano al pueblo, conocedor de los suyos, solidarios con los pobres y los que sufren.            Y sobre todo, al pastor de la comunidad se le pide ser fiel a la misión que se le confió: “predicar el evangelio, apacentar a los fieles y celebrar el cuto divino” (LG 28). Esta fidelidad condensa todo los anterior Fidelidad en tres dimensiones: a Cristo pastor y sacerdote, a su mensaje de salvación y a los hombres sus hermanos. El pueblo cristiano reconoce al auténtico pastor que sirve lealmente a la comunidad.

No obstante, es fácil exigir a los demás, y en particular al sacerdote a quien con frecuencia se le pide demasiado y se le critica sin piedad, olvidando que todos somos limitados y con fallos humanos. Solamente con la fuerza del Espíritu de Cristo que conferimos con la imposición de las manos los obispos al recibir el sacramento del orden, y con la colaboración responsable de sus propios fieles, podrá el sacerdote pastor de la comunidad cumplir con su vocación y tarea eclesial.

Un cristiano madura entiende que su fe, su seguimiento de Cristo y su opción por el reino de Dios no dependen de que los sacerdotes sean mejores o peores, más o menos carismáticos, sino del Señor que también a él le llamó a su familia. Porque nuestro común Pastor, con mayúscula, es Jesucristo. Ya lo decía San Pablo: “El que planta no significa nada, ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios. Nosotros somos colaboradores de Dios” (1Cor 3,7).

 

Jesús se define como el buen pastor y sobre todo se identifica con el Padre, de ahí la acusación de blasfemia. El concepto de buen pastor comporta tres ideas fundamentales: conocimiento mutuo, dependencia, seguridad en el seguimiento. Las ovejas pertenecen al Padre, dueño de todo. El Padre se las da al Hijo y ambos las guardan.

 

2.- LA VOZ DEL PASTOR. Jesús, buen pastor, ama y conoce a los suyos personalmente, promete vida y protección y garantiza su presencia protector entre los suyos con su nueva manera de estar. Jesús como buen pastor sigue llamando a sus ovejas, sin embargo las ovejas ya no reconocen tan fácilmente a su pastor. Es evidente que vivimos en una sociedad tan plural y diversa, víctima de un cambio de época y de una mutación antropológica. Sujeto a la dictadura del Relativismo y del Agnosticismo. En esta sociedad hay pluralidad de voces y donde hay muchas voces suele haber también alboroto y confusión. Hay muchas voces que ofertan “lo mejor”, dicen: “la verdad es la mía”, “el camino es el mío” “la vida está aquí”. Son ofertas de la vida comercial, política, social. Y luego se ofertan productores religiosos, morales, que no son precisamente los mejores para la vida social, familiar, privada; ideas buenas, ideas contradictorias, ideas perversas. Todo el que anuncia algo lo hace con la pretensión de estar anunciado lo mejor sin que se pueda garantizar siempre que lo dice convencido, que está persuadido de ello, sin que se excluyan intereses, sobre todo económicos.

No todas esas voces son de Jesús. En medio del griterío de tanta oferta novedosa, de tantas opiniones diversas y encontradas, resulta o puede resultad complicado distinguir la voz de Jesús que llama a su seguimiento con la oferta de protección y plenitud de vida. Es necesario, tal vez más que nunca, un fino discernimiento para percibir, distinguir y reconocer su voz: qué es lo que se anuncia y ofrece, y cuál es la oferta o contraoferta de Jesús.

Hace ya muchos años hizo el famoso Einstein una constatación que cada vez tiene espacios más amplios de aplicación: “Vivimos en un mundo con abundancia de medios bien definidos pero con confusión de fines”. En consecuencia usamos o podemos usar mal los medios, que en v de llevarnos al fin pueden convertirse en nuestra ruina. El trágico aviso de las explosiones de las centrales atómicas de Chernobyl (Ucrania) y de Japón que impresionaron al mundo. ¿Adónde puede llevarnos ahora la clonación o la manipulación genética?  En todo caso, el mucho tener o saber no resuelve automáticamente los problemas del corazón humano y de la vida humana. En los países de la opulencia y bienestar se producen también suicidios, conflictos y dudas; nunca hubo tanto poder, pero el hombre se siente amenazado; tenemos democracias libres, pero no todos se sientes en ella libres para opinar o ir sin peligro por la calle (ejemplo claro es, por desgracia, nuestra querida Venezuela).

 

3.- EL PASTOR QUIERE QUE VIVAMOS CON LA DIGNIDAD QUE NOS CREÓ. Vivir humanamente significa mucho más que comer hasta hartarse, trabajar hasta no quedar tiempo libre, gritas hasta enronquecer aunque sea masificados y sin saber exactamente por qué se grita, se cierran vialidades o entradas a centros comerciales. Jesús asegura que nos conoce y esto significa que para ÉL no somos número impersonal o anonimato en soledad. Sabemos bien la diferencia que hay entre vivir en soledad o en compañía, entre ser saludado de manera impersonal o ser llamado por el nombre. Esta relación de conocimiento e intimidad personal es quizá la necesidad más íntima de todos. Es lo que promete Jesús. Él saca a los suyos del anonimato de lo colectiva y de la impersonalidad de la masa guiada borreguilmente. Para Dios no hay números sino individuos y personalidades.

Sabemos cómo la Iglesia pierde atractivo y fuerza donde se insiste en la reglamentaciones burocráticas, en mandatos y prohibiciones, mientras gana aceptación y entusiasmo donde existen verdaderas comunidades, es decir, unidades en común, donde cada uno no es un mero agregado sino que se siente vinculado a los demás por el conocimiento amor, apoyo, aspiración al mismo objetivo. Muchos miembros de comunidades religiosas lamentan con amarga decepción la falta de signos de aceptación, conocimiento fraterno, consideraciones como individuos y explotación de sus posibilidades. Jesús describe exactamente otro clima, otras relaciones que Él quiere con los suyos y de los suyos entre sí. Conoce  a los suyos por su nombre, en sus posibilidades, los llama y ellos escuchas su voz, le siguen y Él les da la vida eterna.

A MODO DE CONCLUSIÓN. Es bueno recordar de vez en cuando, aunque de manera sencilla, los rasgos  fundamentales del vivir humano. Nos puede ayudar a vivir de manera más lúcida y  responsable.

 

Antes que nada, recordemos que la vida es algo personal. Mi vida es tarea mía y  sólo yo la puedo vivir. Nadie me puede sustituir. Si yo no amo, siempre faltará en el mundo  ese amor. Si yo no creo, no gozo, no crezco... faltará para siempre esa creatividad, ese  gozo o ese crecimiento.  Esto significa también que no existe la vida en abstracto. Existimos los vivientes. Como  tampoco existen en abstracto valores como el amor, la bondad, la justicia, sino encarnados  en la vida concreta. Existe el amor cuando hay personas vivas que se quieren; existe la  bondad cuando hay personas buenas; hay justicia cuando las personas viven de manera  justa.  La vida es, además, algo irrepetible. Cada experiencia, cada gozo o sufrimiento que vivo  en este preciso momento no volverá a repetirse. No sólo se vive una sola vez, sino que todo  en la vida se vive sólo una vez. La experiencia siguiente podrá ser mejor o peor, pero nunca  será ya lo vivido.   Por eso, cada instante de la vida encierra una continua novedad. Lo que se me ofrece en  este momento no se me volverá a ofrecer así. Cada momento es nuevo y en cada decisión  voy dando a mi vida una dirección u otra.

La vida es, por otra parte, algo inacabado. Una tarea siempre por hacer. La vida es  expansión, desarrollo, despliegue. Lo más terrible que se puede decir de alguien es que  está «acabado». Cuando esto sucede, la vida se termina.  Precisamente por eso, la verdadera vida consiste en irse construyendo a  sí mismo. Como dice el famoso antropólogo Konrad Lorentz, ahí está la grandeza y  también la debilidad del ser humano, en que «puede ir siempre más lejos, pero puede  también caer siempre más bajo. Siempre se da la posibilidad constitutiva de superarse o de  perderse». De ahí la importancia de mantener siempre el deseo de vivir creciendo. Pero, ¿a dónde se dirige nuestra vida? ¿Dónde termina definitivamente? ¿Dónde alcanza  su verdadero cumplimiento? Apoyados en Cristo Buen Pastor, los cristianos creemos que la vida  no termina en la extinción biológica sino que está llamada a trascenderse. La vida es mucho  más que esta vida que conocemos ahora. Hemos nacido para una «vida eterna» que  alcanza su plenitud en Dios.

Sin duda, esta postura puede ser rechazada y hasta ridiculizada. Pero la vida sigue ahí  con todo su misterio. Cada uno tendrá que preguntarse dónde ha descubierto una luz más  luminosa, un camino más estimulante y una esperanza más liberadora para enfrentarse a la  vida que el camino ofrecido por nuestro Buen Pastor.

 

¡Ánimo!